domingo, 27 de mayo de 2007

¿Olvidarla?

¿Como iba yo a ser capaz de olvidarla a usted?
Si la felicidad no existiera, señora, el día en el que mis ojos se posaron en usted yo mismo la hubiese inventado.

Señora mía, estoy todo lo enamorado que se puede estar, y mucho más. Le juro a usted que desde la bendita hora en que mis ojos se posaron en mi amada, no ha pasado un solo segundo que no esté su imagen grabada en mi memoria y su nombre guardado en mis labios, de donde ha salido más veces que gotas de aguas hay en el mar. ¡Ay! El más dichoso de los hombres seré el día en que se digne a corresponder a mi llamado y me quiera por lo menos una ínfima parte de lo que yo la adoro, que eso sería muchísimo, señora de mi alma, porque el amor que le tengo hace pasar por pequeño al infinito y por un suspiro a la eternidad.

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